Aún recuerdo el primer momento de mi vida que fui consciente que había modificado mis valores más primarios, aquellos que yo consideraba inmutables en mi ser y que sentía que me definían como persona. Fue una gran sorpresa para mí. Estaba haciendo un ejercicio sobre decisiones importantes en mi vida y explorando qué valores o sistemas de creencias las habían impulsado. En ese ejercicio me di cuenta de que había modificado -sin ser consciente y a lo largo de mi vida- algunos de mis valores o conjuntos de creencias más arraigados.

Las creencias, igual que las especies, se adaptan al entorno donde viven.

Para mí, hasta ese momento, mis creencias eran verdades irrefutables, imprescindibles para tomar decisiones, para debatir, para reflexionar y operar en la vida. En ese momento descubrí que son ideas o pensamientos que se asumen como verdaderos. Pero, que lo hagamos, no significa que lo sean. Y tampoco que sean mentira. Más tarde, aprendí que las creencias condicionan y determinan nuestras actitudes, nuestros estados fisiológicos y emocionales y son la base de nuestros comportamientos.

Las creencias, igual que las especies, se adaptan al entorno donde viven. Los humanos nos acomodamos a la sociedad donde vivimos y ajustamos nuestras creencias para que nos sean útiles en nuestro día a día. Y, de esta forma, nos ayuden a funcionar, a decidir, a relacionarnos, a tener éxito, a ser felices. En la medida que tenemos mayor comprensión sobre la realidad que nos rodea, tomamos mayor consciencia sobre nuestras sombras e intentamos aportar luz a nuestros sistemas de creencias para adaptarlos a una realidad cada vez más compleja.

Pero esta transformación, adaptación o cambio de creencias, igual que para las especies, no es en general un proceso sencillo, ni fácil. E implica esfuerzo y energía.

Recordando unas palabras que escribió Jiddu Krishnamurti:

“Sólo es posible liberarse de la creencia cuando se comprende la naturaleza de las causas internas que nos impulsan a aferrarnos a ella. No sólo las causas conscientes, sino también las causas inconscientes que nos hacen creer”.

Dani Arricivita