La actividad en la naturaleza es un espacio de analogía vivencial útil para identificar patrones mentales, a menudo inconscientes. Para muestra, un botón:

La ventana de tiempo era de un mañana. Si nos levantábamos pronto, podríamos calzarnos los esquís con las primeras luces. Un par de horas de subida y una de bajada; vuelta al coche, ordenar el material y estar en casa a media mañana. Cuando hace años que no has podido hacer esquí de montaña, esta promesa de tres horas de silencio, esfuerzo y disfrute, suena a música celestial.

Al día siguiente, no llevábamos cadenas en el coche y la carretera estaba completamente nevada. Apostamos por subir la carretera esquiando. Después, allí donde habitualmente se aparca, nos adentramos en el bosque. La nieve era abundante y la ascensión una delicia. Cuando dejamos de estar protegidos por el bosque, soplaba duro. Además, esquiando la carrera cuesta arriba, ya habíamos dedicado parte del tiempo disponible. En el primer cuello, sacamos pieles y hacia abajo. No es necesario coronar la cima para tocar la felicidad. La sorpresa nos esperaba en el parking: la máquina quitanieves había dejado la carretera limpia. Nada de bajar esquiando. O sí. Pero por el borde de la carretera con una nieve dura, sucia e incómoda. Así fue.

Las fijaciones de esquí de montaña se pueden dejar abiertas o cerradas del talón según convenga. Cuando se sube, el talón está libre. Cuando se baja, se fija. Y al bajar por el borde de una carretera por una estrecha franja de nieve helada, fangosa y llena de ramas? Yo lo tenía claro: abierta. Seguramente los años de esquí de fondo me lo hacían intuir. Y, sin embargo, cuando lo hablé con mi compañero, un esquiador consumado, con un nivel infinitamente superior al mío, él apostó por llevar el talón fijado. Era un tema de seguridad, decía. Claro, le hice caso. Si hablamos de esquí, para mí, él es una figura de autoridad. Comenzamos el periplo de la carretera. Pesadísimo.

El patrón del rencor se pone en acción cuando una parte de mí vive como sumisión ceder el liderazgo, mientras que otra no se atreve a tomar las riendas porque no se siente capaz.

Hasta que, esquiada, por decirlo de alguna manera, buena parte de la carretera, cansado y enfadado, abrí la fijación y dejé el talón libre. Gloria! Nunca hubiera tenido que dejar de seguir mi intuición. Ahora, aquel calvario era otra cosa. No diré que fuera agradable pero, sí mucho más llevadero. ¿Qué había pasado?

Analogía vivencial y patrón mental inconsciente

Simplemente, dentro de mí, se había activado un programa que, en ese momento, vi y reconocí de manera nítida. Un proceso mil veces activado en tantas otras situaciones. La secuencia vendría a ser: “en un contexto X, el liderazgo depende de quien tiene autoridad para ejercerlo. Si se trata de esquí de montaña y de seguridad, el liderazgo recae en quien más experiencia y conocimiento tiene. ” Hasta aquí, el planteamiento es razonable. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando esta premisa se calcifica y se cede la autoridad a una tercera persona en función de una hipótesis de conocimiento y experiencia que la situación requeriría que se revisara?

En mi caso, durante muchos años, se ha activado el patrón del rencor. Dicho de otro modo, “hay una parte de mí que vive como sumisión ceder el liderazgo, mientras que hay otra parte que no se atreve a tomar las riendas porque no se siente capaz”. Y, como consecuencia y proyección, la persona a quien he concedido inconscientemente la autoridad me irrita. Una vivencia tan humana como molesta. Afortunadamente, llevar la atención a lo que hacemos y cómo lo vivimos, puede abrir nuevas opciones para actuar y crecer. 

Jesús Cartañà

Inteligencia emocional | patrón