Reflexión y acción pueden verse como dos polos de una unidad. En general, las personas nos sentimos más cómodas a un lado o al otro pero lo cierto es que se necesitan los dos. Pedalear solo, en medio de la naturaleza, puede ser una manera excelente de experimentarlo.

Por ejemplo, un día que salí en bicicleta y avanzaba en piloto automático sin tener claro cuál de mis circuitos habituales acabaría completando. Casi siempre doy vueltas circulares que giran en una dirección u otra, con accesos y salidas desde un número relativamente grande de senderos. Un abanico variado -aunque limitado- de opciones que necesariamente se concreta en una única elección.

A menudo, basta con llevar la atención a lo que necesitamos para encontrarlo.

Aquella mañana no tenía ni idea de cuál sería. Y, mientras tanto, avanzaba y pedaleaba, ahora entre piedras, ahora entre terreno arenoso. Hasta que aposté por un itinerario dentro de mi cabeza. Entonces, de manera casi mágica, a mi derecha apareció un sendero entre pinos que me llevaba directamente hacia su punto de inicio. Por supuesto, nunca antes había percibido esa senda.

Y en ese momento experimenté cómo, a veces, basta con llevar la atención a lo que necesitamos para encontrarlo. De manera análoga, a menudo, cuando ponemos el foco en las necesidades de los demás, constatamos que tenemos a disposición herramientas y recursos que dan respuesta a ello y que, potencialmente, pueden convertirse en servicios. Ese tránsito del yo a los demás conecta con la escucha, la empatía y la curiosidad. Tres elementos íntimamente relacionados con la inteligencia emocional

Jesús Cartañà

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